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Víctima Sin Computar
Yael Eylat-Tanaka
Esta es la historia del resto de víctimas de la ocupación alemana en Francia. La historia de mi madre, de la separación de su familia, de su huida, y de la tortura que la persiguió para siempre.
Estas son las memorias de mi madre, tal y como ella me las contó. He tratado de contar su historia con tanta precisión como ella solía relatarla, sumándole las partes de sus propios diarios de anécdotas, con las historias que tanto aportaron y animaron la mi vida, y evitando que mis propias interpretaciones de los hechos se interpongan o los exageren. Esta no es una novela de suspense pero, desde luego, para aquellos que vivieron los hechos que voy a contar, el suspense siempre estuvo presente y, desde luego, yo también sentí una gran incertidumbre mientras los escuchaba o los leía. Para que nadie se avergüence al leer estas palabras, en momentos puntuales utilizaré pseudónimos y me centraré sobre todo en mantener la esencia verídica de la historia.

Mi madre era francesa, por eso a lo largo del texto es posible que aparezcan palabras o expresiones en francés. He añadido su traducción para cuando sea necesario. También vivió y estudió en Italia antes de mudarse a Israel y, más tarde, a los Estados Unidos. De nuevo, aparecerán palabras o expresiones en esos idiomas, así que las he traducido lo mejor que he podido.


Víctima
sin computar
El viaje de un alma torturada

Memorias
Tal y como se las contaron a
Yael Eylat-Tanaka

Copyright © 2016 de Yael Eylat-Tanaka
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ÍNDICE
PREludio
PrÓloGO (#ulink_2fb6dd71-97e8-5d1a-85a8-1e2ae4cf23ee)
CAPÍTULO 1 (#ulink_babd0b1b-6e7e-5be0-8892-f5f974ba243b)- INFANCIA (#ulink_babd0b1b-6e7e-5be0-8892-f5f974ba243b)
CAPÍTULO 2 (#ulink_faa1d54a-2242-5631-9a63-2237957ef14c)- ALEMANIA INVADE FRANCIA (#ulink_faa1d54a-2242-5631-9a63-2237957ef14c)
CAPÍTULO 3- La Traición de la esperanza (#ulink_05e69a50-fbf6-5e10-b57e-047276e16096)
CAPÍTULO 4 - El arresto de LOS JUDÍOS (#ulink_47b4b4b5-8a53-5f97-979f-c0253ada7bd2)
CAPÍTULO 5- Cruzando las fronteras (#ulink_c60dc7b4-d499-5e50-b902-98172f072e5d)
CAPÍTULO 6- Hora de esconderse (#ulink_854d4594-5329-5df8-9c1f-ea1dee269666)
CAPÍTULO 7- La liberaCIÓN (#ulink_67655243-70f9-576a-9ba7-73a8714f5155)
CAPÍTULO 8- PalestinA
CAPÍTULO 9- EL GRITO QUE atravesó EL MUNDO (#ulink_963d791d-712a-55fe-96e1-e5f1f66f61ae)
CAPÍTULO 10- TarzÁn
Capítulo 11 (#ulink_e06e5da3-bbb6-53c7-ba39-69cd8c711b99)- turno de guardia (#ulink_e06e5da3-bbb6-53c7-ba39-69cd8c711b99)
Capítulo 12 (#ulink_ea3bac28-5d32-5db8-93eb-965e0c49c8de)- El corazón en mil pedazos (#ulink_ea3bac28-5d32-5db8-93eb-965e0c49c8de)
Capítulo 13 (#ulink_c2d3028f-5e1a-536a-b0bb-8b481049bc83)- Madre e hija
Capítulo 14 (#ulink_b96790ca-bfa5-547c-81ec-98c7551d54c8)- La Vida civil (#ulink_b96790ca-bfa5-547c-81ec-98c7551d54c8)
Capítulo 15 (#ulink_f5f3838b-a6fe-54f1-a3a2-b5eb83668ea8)- amor fraternal (#ulink_f5f3838b-a6fe-54f1-a3a2-b5eb83668ea8)
Capítulo 16 (#ulink_06b3536f-c9ca-54ff-9353-24d43bde0719)- Moshé Dayán (#ulink_06b3536f-c9ca-54ff-9353-24d43bde0719)
Capítulo 17 (#ulink_a61d1499-0d75-5f9c-af4f-82e9582595be)- otros hechos más recientes (#ulink_a61d1499-0d75-5f9c-af4f-82e9582595be)
Epílogo
carta a mi madre (#ulink_22ed2e70-ede5-56f1-bfbd-babc14dcac13)
sobre la autora (#ulink_bd7002df-3514-5993-87b4-09dddb0238d9)
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libros de «M. carling»


PRELUDIO
Estas son las memorias de mi madre, tal y como ella me las contó. He tratado de contar su historia con tanta precisión como ella solía relatarla, sumándole las partes de sus propios diarios de anécdotas, con las historias que tanto aportaron y animaron la mi vida, y evitando que mis propias interpretaciones de los hechos se interpongan o los exageren. Esta no es una novela de suspense pero, desde luego, para aquellos que vivieron los hechos que voy a contar, el suspense siempre estuvo presente y, desde luego, yo también sentí una gran incertidumbre mientras los escuchaba o los leía. Para que nadie se avergüence al leer estas palabras, en momentos puntuales utilizaré pseudónimos y me centraré sobre todo en mantener la esencia verídica de la historia.
Mi madre era francesa, por eso a lo largo del texto es posible que aparezcan palabras o expresiones en francés. He añadido su traducción para cuando sea necesario. También vivió y estudió en Italia antes de mudarse a Israel y, más tarde, a los Estados Unidos. De nuevo, aparecerán palabras o expresiones en esos idiomas, así que las he traducido lo mejor que he podido.
Ojalá el lector pudiera disfrutar de esta historia, pero admito que es demasiado dura como para que alguien la disfrute. Me duele en el alma lo que sufrió mi madre, y lo que sufrieron tantísimas personas al vivir experiencias similares, o incluso peores.

Yael Eylat-Tanaka
Tampa 2016

Prólogo
Esta no es una autobiografía. Cada una de las palabras que hay escritas es tan cierta como lo son mis recuerdos, filtrados por del paso del tiempo y mis propias vivencias. Sin embargo, por respeto a aquellos que ya no están entre nosotros para opinar sobre esos hechos que solo podrían explicarse desde su punto de vista, se han tenido que omitir muchos detalles. Otros hechos, en cambio, los he apartado para no avergonzar a aquellos que sí se encuentran aún entre nosotros.
La finalidad de estas páginas es dejar constancia de aquellas partes relevantes de mi vida que nunca pude describir en su totalidad. Pienso sobre todo en mi hija, a quien no quería aburrir con historias de cuando ella aún no había nacido o que sucedieron en su infancia. En aquel entonces, surgieron problemas más importantes que debíamos afrontar y todas esas reminiscencias quedaron relegadas a un segundo plano, pues no eran mi mayor preocupación en el momento. Aún así, tengo nuestro pasado grabado a fuego en mi memoria, a veces un poco enrevesado o distorsionado como para estar segura, pero siguen siendo esos recuerdos los que nos convierten en quienes somos hoy en día, los que se filtran hasta la última célula de nuestro cuerpo. He tratado de mirar hacia delante, en busca de un futuro mejor en vez de estancarme en el pasado, pero este siempre ha sido una parte irrefutable de la persona que soy hoy. No podemos cambiar los hechos. Como mucho, podemos cambiar de perspectiva y de opinión sobre esos hechos. Yo, no siempre he sido capaz.

Capítulo 1
Infancia
No sé mucho sobre mis abuelos, de la familia de mi madre no me quedan más que algunos vagos recuerdos. En cambio, de quien sí me acuerdo es de mi abuela por parte de padre, Memé, que siempre estuvo muy presente en nuestra familia. Mi padre y ella estaban muy unidos. Ella era la matriarca de nuestra familia y eclipsaba a mi madre cada segundo, hasta sus últimas consecuencias. El día que mi hija fue secuestrada por su propio padre, Memé me contó que ella misma se había divorciado, porque no era feliz en su primer matrimonio.
Mi familia provenía de Turquía, y mis recuerdos sobre las historias de mi infancia tienen mucho que ver con la cultura y la vida de mis antepasados. A menudo mi padre me contaba la historia de la vez que mi abuelo se encontró un loro precioso en sus terrenos y se lo llevó al Sultán Hamid, de quien había sido consejero. Otras veces, cuando venían de vendimiar en el campo con los niños subidos en los burros y pasaban por el cementerio al anochecer, los mayores contaban historias sobre los muertos y los niños palidecían de miedo al imaginarse que todas esas cosas fuesen verdad.
Aunque no conocí a mi abuelo, él era un judío muy devoto y, como tal, cumplía con la tradición de no afeitarse la barba. Si un solo pelo se le caía, él lo recogía y lo guardaba en su libro de oraciones. Se casó de segundas, con mi abuela Memé, después de que ella se divorciara del maltratador que fue su primer marido y tras abandonar a su primer hijo. Él, por su parte, tenía hijos mayores que ella y que incluso habían intentado cortejarla, pero ninguno la trató con más amor y respeto que mi abuelo.
Estos volátiles recuerdos son lo único que me queda de mis raíces. Pequeñas hebras de mi infancia que a veces se adornaban con alguna fotografía o con anécdotas de otros miembros de mi familia.
Mi madre también era turca. Por lo que me contaba de su juventud en Izmir, tanto ella como su familia habían vivido en el barrio armenio y griego de la ciudad. Mi abuelo tenía una tienda de porcelana y vidrio y envió a sus hijos a una escuela religiosa, gestionada por misioneros protestantes escoceses. Recuerdo a mi madre resplandeciente cada vez que cantaba los himnos que aprendió allí y cada vez que hablaba del Sr. Murray, el director, que solía llamarla a primera fila para escucharla mejor. Por supuesto, se trataba siempre de cánticos religiosos, por lo que se mencionaba mucho a Jesús en mi casa y eso, a mi padre, le daba una rabia tremenda.
Al vivir entre griegos y armenios, mi madre aprendió a hablar ambos idiomas y a cantar sus canciones, algo que me encantaba cuando era pequeña. Aunque nunca aprendí lo que significaban, todavía recuerdo algunas letras. Aquellas canciones me parecían tan románticas que muchas veces le pedía a mi madre que me enseñase griego. Como ella fue a la escuela de misioneros escoceses, cursó toda la enseñanza en inglés, y lo aprendió tan bien que lo mantuvo durante toda su vida.
Además, mi madre hablaba turco perfectamente, por supuesto. Cuando los adultos no querían que los niños escuchasen lo que decían, empezaban a hablar en turco entre ellos, hasta que los niños empezaban a entender parte de las conversaciones.
Cuando era joven, mi madre conoció a su mejor amiga en Izmir. Se llamaba Allegra Romano y lo hacían todo juntas. Un día encontré unas fotos de ellas dos y, en el reverso, mi madre había escrito algunas frases en francés. Mi madre y su familia se mudaron a Francia tras la Primera Guerra Mundial, al igual que su amiga Allegra, así que, mantuvieron su amistad y, al final, se casaron con dos hermanos: mi padre y mi tío Raphael. Sin embargo, como mi padre estaba enamoradísimo de mi madre, y mi tío Raphael era más bien un vividor, Allegra se llenó de celos y resentimiento contra mi madre y su amistad se fue a pique. Creo que mi madre, a pesar de todo el deterioro de su relación, todavía la quería y la extrañaba muchísimo.
Durante la Gran Guerra, cuando aún vivían en Izmir, mi madre y su familia presenciaron la terrible masacre que los turcos ejercieron sobre los griegos y los armenios, lo que desde entonces se conoce como genocidio. Pasaron tantísimo miedo que, durante largo tiempo, mi madre sufrió de úlceras estomacales y pesadillas. La brutalidad de los turcos contra los griegos y los armenios que vivían en sus tierras, causó un gran éxodo de las comunidades judías que vivían allí desde que, en 1492, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón los expulsaron de España por orden de la Inquisición. La comunidad judía se dio cuenta de que la tranquilidad con la que habían vivido —en mayor o en menor grado— durante los últimos cinco siglos, había llegado a su fin, así que todos los que tuvieron la posibilidad de marcharse, lo hicieron. Algunos, emigraron a Francia y se establecieron en Lyon.
Mi madre y su familia llegaron a Francia en 1920 y se mudaron a casa de su hermano Vidal, que estaba casado, en Lyon. Mi tío se había hecho amigo de dos hombres, Henri y Raphael, que también se habían venido a Francia desde Turquía en la misma época que él.
A mi tío le caía muy bien uno de los hermanos, Henri, por lo que decidió presentárselo a mi madre invitándolo a casa. Ella me contó después que estaba cosiendo en el salón cuando llegó mi padre y empezó a chincharla jugando con los hilos. Esa fue toda su presentación. Empezaron a salir y, al poco tiempo, se casaron.
Como acababan de llegar a Francia, los recién casados no contaban todavía con muchos medios, así que decidieron empezar su vida en el mismo apartamento en el que vivían los dos hermanos con su madre. Más tarde, a Allegra, la mejor amiga de mi madre, le presentaron a Raphael uno de los días que visitó a mi madre y, con el tiempo, también se casaron y empezaron a vivir en esa misma casa, junto a mi madre y mi abuela Memé, que ahora tenía toda una corte sobre la que gobernar. Imagínate tener dos hijos, que se casen los dos, y que decidan vivir en el mismo piso que tú. Por lo que sé, la vida en esa casa no fue de lo más apacible y placentera para las dos parejas, sobre todo porque mi abuela siempre se ponía de parte de Raphael, que era más risueño que su hermano. Lo recuerdo siempre riéndose y haciendo bromas, pero también le gustaban mucho las mujeres. Por las historias que escuché cuando era pequeña, y por desgracia para su mujer, él solía pasar muchas noches fuera de casa. Mi padre, en cambio, quería muchísimo a mi madre y se quedaba junto a ella cada noche para mostrarle todo su cariño. Enseguida se quedó embarazada de mi hermano mayor.
La convivencia de las dos parejas, con la suegra y en el mismo piso, deterioró poco a poco la amistad entre mi madre y Allegra, que empezaron a tener cada vez más rencillas. Además de toda la tensión, mi abuela se posicionó de parte de Raphael por sus aires joviales e irresponsables, puso de manifiesto toda su animadversión hacia mi madre y claro, que mi madre estuviese embarazada no hizo más que aumentar el resentimiento por parte de Allegra.
Por suerte, el primer hijo de mi madre fue un niño, mi hermano René, al que otorgaron el nombre judío de Salomón, aunque todo el mundo lo llamaba Momon y más tarde, simplemente Momo. Al poco tiempo mi madre volvió a quedarse embarazada, esta vez de mí. Pero para entonces, Allegra ya había conseguido quedarse en estado.
Las dos mujeres tenían que lidiar continuamente con su suegra, pero a esta le pareció que mi madre no debería tener un segundo hijo tan seguido del primero. Según cuentan las leyendas familiares, Memé fue bastante desagradable con mi madre cuando estaba embarazada de mí, mientras que fue todo un primor con Allegra, que llevaba en su interior el bebé de su hijo favorito. Al parecer mi abuela me odiaba desde antes de nacer yo y eso solo empezó a cambiar cuando empezó a estar senil. Más tarde, me enteré por mi abuelo de que Memé ni siquiera había ido al hospital a ver a mi madre cuando nací y de que, una vez en casa, nunca se acercó a la cuna para ver a su nieta recién nacida.
Cuando tenía cinco o seis años, mi madre me contó que nací en el hospital Hotel-Dieu de Lyon. Como a todo niño pequeño, a mis hermanos y a mí nos encantaba oír las historias sobre cómo habíamos llegado al mundo. Es ese tipo de historias que los adultos contaban de manera excepcional para cautivar a los niños y que se callasen un rato. Mi madre continuó contando a su joven público que este hospital lo gestionaban unas hermanitas de la caridad de San Vicente de Paúl y que, una de ellas, zarandeó su cama y le dijo:
—Despierta, fortachona. ¡Has tenido una niña preciosa!
Me sentí orgullosísima de que me llamasen «niña preciosa», pero no era consciente en ese momento de que ninguna enfermera osaría llamar «precioso» a un bebé recién nacido. Mientras me regodeaba en esa sensación tan gratificante, hubo un instante en que se me pasó por la cabeza preguntarme por qué los bebés nacían por la noche mientras la madre duerme y por qué estaba mi madre durmiendo en aquel hospital. Para mi desgracia, nadie me respondió nunca a estas preguntas.
Muy de vez en cuando y siendo todavía bastante joven, conseguía ir reuniendo pequeños fragmentos de información sobre mi más tierna infancia. Maman siempre decía que era una niña muy tranquila y que me entretenía durante horas jugando con mis juguetes. Decía que como era tan tranquila, una vez que me puse enferma se le olvidó quitarme el apósito medicinal que me había puesto en la espalda y, cuando por fin se acordó y vino corriendo hasta la cuna, tenía toda la espalda hinchada y rojísima, pero como no me eché a llorar, ella no se había dado cuenta. Claro que yo no recuerdo nada todo aquello; es más, según la recuerdo, mi infancia pudo ser cualquier cosa menos tranquila.
Se dice que la autoestima y la concepción del valor de uno mismo se forjan muy temprano. Me pregunto si ese accidente fue la primera vez que empecé a pensar que no valía la pena acordarse de mí, ni siquiera para mi madre...
Cuando tenía unos tres años, mi familia se mudó a Valence, una ciudad a unos cien kilómetros al sur de Lyon. Se trata de una ciudad medieval a orillas del Ródano, donde se habían asentado hacía tiempo dos de mis tíos. Allí es donde me crié, espachurrada entre mi hermano René, que tenía un año y medio más que yo, y mi hermano Jacques, que era dos años menor que yo. Mi abuela Memé vivía con nosotros y, de vez en cuando, mi abuelo nos visitaba y se quedaba en casa por temporadas. Nos quería mucho a los tres niños. Él era un judío muy devoto; todavía lo recuerdo rezando cada mañana en dirección a Jerusalén, con la cabeza cubierta con su talet y sosteniendo el tefilín con la mano izquierda. Somos judíos sefardíes y, como tales, mi madre y mi abuela se ocupaban de que se cumplieran todas las leyes y el estilo de vida judío, como no trabajar durante el Sabbat o los Santos Días. Es curioso que siguiéramos esta tradición, cuando mis padres habían sido educados por misioneros cristianos.
Recuerdo a Maman encendiendo las velas sobre el mantillo de su cuarto en la noche del viernes al Sabbat y, durante los Santos Días, solía cubrir las camas con colchas de encaje y almohadas. Todavía hoy, el olor de los jacintos, los claveles y las mimosas me transporta años atrás a aquel piso en época de Pascua, cuando Maman decoraba todas las habitaciones con estas flores y sus preciosas colchas de encaje hechas a mano por la suegra de mi tío. Empezaron a enseñarme la labor de los encajes cuando era muy pequeña, en uno de los viajes que hicimos a Lyon. Mi madre nos llevó a los tres a pasar unos días con mi tío y, cuando vio el minucioso trabajo de encajes que había realizado su suegra, no pudo evitar encargarle que le hiciera una colcha dedicada para ella. Al poco tiempo se la entregaron pero solo la usaba durante los Santos Días Supremos. Más adelante me enteré de que la pobre mujer y su hijo habían visto cómo los alemanes deportaban al resto de su familia a Drancy, un campo de concentración al sur de París, y que nunca volvieron a saber de ellos. Mi pobre tía... Debe partírsele el corazón cada vez que piense que su madre, su padre y todos sus hermanos murieron de una manera tan terrible y que, en 1944, también perdió a su hijo de 17 años en un bombardeo mientras intentaba salvar a las personas de un refugio. Más tarde, mi primo fue condecorado post mortem de parte de toda la ciudad, pero estoy segura de que mi tía preferiría mil veces tener a su hijo que una medalla. ¡Cuántas veces he dado gracias a Dios porque mis padres murieran en la cama y no bajo los horrores del Holocausto!
Muchos años después, mi hermano René visitó a mis padres en Israel y mi madre le regaló la preciosa colcha de encaje como regalo para su mujer pero, con el tiempo, ella me la entregó a mi como recuerdo de mi madre.
****
Estamos en Janucá de 1991. Esta tarde, estaba encendiendo las velas cuando se me ha venido un recuero a la cabeza. Estaba otra vez en Janucá, pero este momento era antes de la Segunda Guerra Mundial y estábamos todos reunidos en la cocina de Bourg-les-Valences alrededor de la menorá de Janucá. Yo debía tener unos nueve o diez años y teníamos visita ese día, el Sr. Yerushalmi, que imagino que era amigo de mis padres aunque yo no lo había visto nunca. Esa noche me tocaba a mí encender la menorá, puesto que mis hermanos y yo nos turnábamos para que uno la encendiera cada noche. Justo cuando iba a encender la primera vela mientras comenzábamos nuestras plegarias, el Sr. Yerushalmi, angustiado, nos hizo parar todo y dijo: «¡La niña no puede encender las velas! ¡Podría ser impura!». Yo no tenía ni idea de esos temas de adultos, solo me sentí humillada porque me llamasen ‘impura’ en público, con esa connotación de ‘algo sucio’ y delante de mi padre y mis hermanos, así que no entendí lo que realmente quería decir nuestro invitado. Por supuesto, como anfitriones, mis padres me pidieron que le pasase las cerillas a uno de mis hermanos y yo me quedé ahí pensando cuál habría sido mi pecado, si es que había cometido alguno. No recuerdo que me lo explicaran después, solo recuerdo que creció ese sentimiento de ostracismo que siempre había sentido cada vez que me decían que, solo por ser una chica, no podía hacer las mismas cosas que mis hermanos.
Más tarde entendí a qué se refería nuestro invitado. Debía tratarse de un judío ortodoxo que opinaba que las mujeres eran como ‘jarrones impuros’. Muchos años después, mi padre y mi hermano Jacques decidieron estudiar a fondo el budismo. Normalmente, se leían el uno al otro fragmentos de sus libros en voz alta y, una de las veces que pasé por delante de la habitación donde se sentaban escuché: «...car la femme est impure...» (porque la mujer es impura). Me marché corriendo alucinada de que fuesen capaces de leer en voz alta tales insultos incluso estando mi madre, mi hija y yo en casa. Claro está que, después de esa experiencia, no me dieron ganas ningunas de estudiar la filosofía budista, por mucho que insistiera mi padre.
Nos enseñaron muy poco sobre el judaísmo, pero algunas de sus tradiciones estaban profundamente arraigadas en nuestra familia. Sabíamos que éramos judíos y, a veces, cuando volvíamos del colegio llorando porque otros niños nos llamaban ‘judíos asquerosos’, mi padre siempre nos decía que teníamos que estar orgullosos de ser judíos. Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, sentíamos que éramos diferentes a los otros niños y, muchas veces, sabíamos que no les caíamos bien. Nuestras fiestas no eran las mismas que las de nuestros amigos, no íbamos a la iglesia o al catequismo como ellos y nuestro día de descanso era el sábado, no el domingo.
En Pascua, después de limpiar todo rastro de comida que hubiera en la casa, comíamos pan ácimo durante ocho días. La primera noche siempre se dedicaba a Séder, así que mi padre siempre leía el larguísimo Hagadá que cuenta la liberación de los esclavos judíos en Egipto. En aquella época, y sabiendo que en mi familia se mantenían todas las tradiciones, se daba por descontado que yo celebraría mi Bar Mitzvah. Yo ni siquiera sabía que esta ceremonia se celebrase en otros países para las niñas, en cambio, mi hermano René, empezó a estudiar para su Bar Mitzvah con tan solo trece años, pues esa celebración marcaría su entrada en la edad adulta y en la comunidad judía. Siempre lo quise mucho y mantuvimos una estrecha relación; me encantaba imitar todo lo que él hacía. Solo con escucharle recitar las lecciones sobre Los Trece Principios de Fe de Maimónides me los aprendí yo también, tanto que aún recuerdo claro como el agua el principio de una de las plegarias: « Oui, je promets du fonds de mon âme de te rester fidèle, oh, mon père et mon dieu...» (‘Sí, prometo desde lo más profundo de mi alma serle fiel, oh, mi padre y mi Dios...’).
Durante Yom Kippur hicimos ayuno. Los niños aguantamos todo lo que pudimos, pero cuando vimos la comida preparada en la cocina, no pudimos soportar la tentación y perdimos el control, comiéndonos disimuladamente todas las rechicas y los deliciosos trovados, unas galletas típicas bañadas en miel que había preparado nuestra abuela para cuando rompiéramos el ayuno.
Más o menos, esa era toda nuestra educación religiosa. Maman y Memé nos enseñaban según las habían criado a ellas, pero mi padre prefería que aprendiéramos de una forma más tolerante. Él no creía que fuese necesario vivir siguiendo todas las tradiciones. A día de hoy, se le consideraría un judío reformista por pensar así y por cuestionar e interpretar las Escrituras con tanta ahínco. Vamos, que en lo que respecta a su fe judía, mi padre era menos ortodoxo que mi madre o mi abuela y, en vez de dejar que nos enseñasen religión de una manera tan cerrada, decidió que no se nos inculcaría ninguna religión. Esta decisión acarreó graves consecuencias imprevistas que, en un futuro no muy lejano, sacudieron nuestra familia trágicamente. Bueno a ver, que me estoy precipitando.
Había tan pocos judíos en Valence antes de la Segunda Guerra Mundial, que ni siquiera teníamos un templo o una sinagoga en toda la ciudad. Sin embargo, hubo un año en que mis padres decidieron celebrar misas en casa durante los Santos Días Supremos. Se necesita un quórum de al menos diez varones judíos para poder celebrar la misa, y ese era aproximadamente el número total de hombres judíos que había en Valence y que pudieron invitar. Mis padres movieron todos los muebles del comedor y cubrieron el armario con una sábana blanca. Consiguieron traer una Toráde los templos de Lyon y la colocaron en un arca improvisada. Las mujeres se sentaban en otras habitaciones y miraban a través de la puerta mientras los hombres rezaban en el ‘santuario’. Recuerdo vagamente una disputa que tuvo lugar durante esos Santos Días cuando uno de los hombres que se sentaba en el santuario cruzó sus piernas poniendo un pie por encima de la rodilla contraria. Se formó un gran revuelo entre el resto de hombres, que empezaron a reprocharle que aquella acción era una gran falta de respeto en un lugar ‘sagrado’. Menciono esta anécdota para mostrar cuán sagrado era el judaísmo para mi familia, a pesar de que mi padre hubiese decidido no inculcarnos ningún tipo de educación religiosa.
Ese año, como íbamos a montar un ‘templo’ en casa e íbamos a recibir tantos invitados, mi madre le pidió a mi tía Allegra que me cosiera un nuevo vestido de seda. Era azul claro y tenía la falda plisada. ¡Mi emoción cuando fui a casa de mi tía para probármelo y me dijeron que lo llevaría durante los Santos Días no tenía límites! Por desgracia, la semana de antes de las fiestas debí desobedecer a mis padres o hacer alguna trastada y me castigaron con lo que más daño podía hacerme: mi vanidad. Me prohibieron ponerme ese vestido nuevo precioso, que estaba ahí colgado para que todo el mundo lo viera sobre una percha en vez de sobre mí. ¡Encima, nunca tuve otra oportunidad para ponérmelo! Porque crecí mucho de repente y se me quedó demasiado pequeño. Fue una decepción tan grande, que me marcó en lo más profundo, porque me di cuenta de que para mis padres no solo era una niña problemática, sino bastante vanidosa. Puedo oír a las amigas de mi madre diciéndole que tenía una niña preciosa y, mientras tanto, Maman trataba de mantener raya todo lo que se me pasaba por la cabeza. Mi mejor amiga tenía un espejo en el que me encantaba admirar mi largo pelo rizado hasta el punto en que mi padre, desesperado, me amenazó con cortarme hasta el último pelo mientras dormía si no dejaba de contemplarme en el espejo. No creo que lo dijera en serio, pero en aquel momento sí que me lo creí.
Sin embargo, nunca dejé de mirarme al espejo.
Cuando aún éramos pequeños, Maman nos llevó a pasar unos días con la familia de mi tío en Lyon. Vivían en la parte más pintoresca de la ciudad: la Plaza de San Juan. Todavía recuerdo cosas sueltas de aquellos días, dando de comer a las palomas en la Plaza des Terraeaux o cuando me sentaba en el orinal en una de las habitaciones... Un sábado por la mañana, cuando salimos de la sinagoga en el muelle Tilsitt, Maman se paró a hablar con un conocido en las escaleras de la entrada y, tras las amables palabras que me dedicó, yo le salté encima, lo abracé y le di un beso. Me reprendieron duramente diciendo que las niñas no abrazaban ni daban besos a desconocidos. Había sido un poco impulsiva, pero no podía resistirme a una sonrisa y a la amabilidad. Muchos años después, Maman me confesó que en aquella época, cuando nos llevó a Lyon, se había dado un tiempo con mi padre porque su suegra, Memé, le estaba haciendo la vida imposible y mi padre prefería prestar más atención a su madre que a su mujer. Él le escribió varias cartas de amor rogándole que volviera y contándole lo vacía que estaba la casa sin ella y sin los niños. Cuando me enseñó esas cartas, ya hacía muchos años que habíamos vuelto a casa.
Como he mencionado previamente, mi tío Raphael, su mujer Allegra y su hijo Sami vivían con nosotros en Valence. Sami era hijo único, pero se crió con todos nosotros y, de hecho, solía llamar a mi hermano René su frère-cousin, o sea, su ‘hermano-primo’. Mi abuela Memé lo adoraba porque, según decían, era el niño de su hijo favorito. También mostraba su predilección por mi hermano René, ya que era el primogénito de la familia. René siempre se portaba muy bien, era serio, tranquilo y trabajador, y tenía un don para la música. Yo le admiraba mucho y me gustaba escucharle recitar sus lecciones y memorizarlas. Mi memoria era muy buena y esa práctica me ayudó mucho para preparar mis clases más adelante pero, aunque era muy buena estudiante, también era una rebelde. ¡Prefería jugar con mis muñecas antes que hacer cualquier otra cosa! Una vez, nos encargaron a René y a mí tejer un jersey, por lo que teníamos que tejer la mitad cada uno. Para cuando René terminó toda su mitad, las mangas y el cuello, yo todavía estaba peleándome con la parte delantera. Los puntos eran dificilísimos, pero a él se le daba de maravilla y yo era demasiado vaga y solo quería irme a jugar. Además, siempre fui muy revoltosa, impertinente y respondona con mis padres. ¡Tenían que estar hartos de mí! No me sentía muy querida, sobre todo cuando me comparaban con mi hermano que lo hacía todo bien, pero mirándolo en retrospectiva, me doy cuenta de que siempre me sentí muy unida a él, y de que lo quería muchísimo. Supongo que aprendí a quererle por imitación y este amor tan profundo me ha acompañado toda mi vida. Claro que todo lo que aprendemos de pequeños nos moldea e influye en nuestra personalidad. Nunca hubo una gran rivalidad entre nosotros, porque no recuerdo sentir celos de él y creo que ese profundo amor y la afinidad que teníamos me impedían sentir cualquier tipo de resentimiento hacia él, a pesar de que la actitud de mis padres y de mi abuela, que solo tenían buenas palabras para mi hermano.
Mi hermano tenía nueve años cuando le apuntaron al conservatorio y, por mucho que me empeñé en que me apuntaran a mí también, todo se resolvía con un ‘tu eres una niña y no puedes hacer lo mismo que los niños’. Por supuesto, mi hermano tocaba de sobresaliente, así que enseguida empezó a tocar el clarinete y, con el tiempo, se unió a la Orquesta de Valence como clarinetista. Un amigo del colegio que iba con él a las clases de música me dijo un día con gran admiración que mi hermano estaba hors concours, vamos, que era un fuera de serie. A mí me encantaba y disfrutaba mucho de su éxito; disfrutaba incluso de pasarle las páginas de las partituras cuando tocaba el clarinete en casa, en nuestro piso, donde siempre sonaba música porque, o bien practicaba sus escalas, o bien tocaba alguna obra como Scheherezade, de Rimski-Kórsakov o la Cavalérie Légère de Soupé o El mercado persa. Cada vez que escucho ahora el Concerto de Clarinete de Weber o el Concerto de Clarinete de Mozart, me convierto de nuevo en esa niña que le pasaba las páginas de las partituras a su querido hermano. ¡Cuánto lo quería y lo admiraba! Bueno, y todavía es así, a pesar de todos los años que han pasado, de todos los cambios, de todo el distanciamiento y los acercamientos, él siempre ha sido y será mi gran pilar, mi hermano, a quien admiro y quiero por ser todo lo que yo no fui: tranquilo y serio, bueno y querido, mientras que yo era vivaz, bromista, rebelde... Y no me querían. ¿El hecho de que lo quisieran tanto fue lo que le dio tanta confianza en sí mismo y le hizo ser encantador? ¿O fue ser encantador lo que hizo que lo quisieran? Yo diría que la primera, porque creo que el amor es el mayor regalo que unos padres pueden otorgar a sus hijos, y que este amor es la base de la autoestima y la confianza en uno mismo.
Fui a un colegio solo de niñas, que se separaba del colegio de niños mediante la guardería. A la edad de once o doce años, no entendía por qué a las otras chicas más mayores les interesaban tanto los chicos, incomprensible. Un día, antes de comenzar las clases, me dijeron que un coche había atropellado a mi hermano René. Salí corriendo al patio y cuando lo vi tumbado en el suelo dolorido y rodeado por toda esa gente, no pude evitar echarme a llorar. Mucho tiempo después, identifiqué ese dolor que sentí en un poema que la autora francesa Madame de Sévigne había dedicado a su hija y que decía: «J’ai mal à votre gorge...», ‘Me duele tu garganta...’
Me encantaba ir al colegio. Me gustaba aprender y se me debía de dar bastante bien porque me salté el segundo curso y, al ser la alumna estrella me convertí en la favorita de la mayoría de profesores. Sin embargo, a mis amigas y a mí nos aterraba la directora. La Srta. Herbet era una mujer soltera extremadamente seria y nos daba pavor a todas las niñas pero, para mi sorpresa, llegué incluso a quererla y estoy segura de que ella a mí también. Podía sentir el afecto y la aprobación en sus ojos. De hecho, la Srta. Herbet llegó a invitarme una vez a su casa para tomar el té después de clase (en la segunda planta del colegio, que era donde vivía). En otra ocasión, me hizo levantarme y me pidió que cantase la lección que tocaba ese día. Con toda mi vergüenza y tras un largo silencio, admití que no me la había estudiado, a lo que ella respondió: «Es una pena. Siéntate. Tienes un cero». Ese cero no podía aparecer en mis notas, ¡qué humillación! Entonces, la Srta. Herbet siguió llamando a otros alumnos y, solo escuchándolos, fui capaz de memorizar los teoremas de geometría que no me había estudiado la noche anterior. Les dije a mis amigos susurrando que ya sí podía intentar cantarlos, que ya me sabía la lección y, muy emocionados se lo dijeron a la profesora y ella me dio otra oportunidad. Canté los teoremas al pie de la letra mientras mis compañeros, alborotados, le suplicaban que me quitase el cero. Y lo hizo. ¡Qué alivio y qué gran victoria!
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En un viaje que hice hace poco a Francia, me pasé a ver mi escuela primaria, que estaba a orillas del Ródano. Nada había cambiado, podía oler hasta las tizas. Emocionada con lágrimas en los ojos, recordé que mi más tierna infancia ya se había acabado. Me habría gustado correr a contarles a mis padres que había vuelto a casa y que había pasado por el colegio, pero, por supuesto, ellos ya no estaban allí. Se marcharon con mi infancia y con la mejor parte de mi vida. Tenía tantas ganas de contarles todo lo que había visto y vivido, lo grandes que me parecían las calles de pequeña y lo estrechas que me parecían ahora. Quería contarles que había vuelto al parque al que nos llevaba Maman de niños, que había visto a nuestros viejos amigos de la calle de al lado, que seguían viviendo allí y que no habían cambiado nada. Me dijeron que mi amiga Martine era enfermera y que ahora vivía en Alemania. Necesitaba compartir con ellos toda esta nostalgia, pero no podía... Me sentí como si volviera a perderlos y sentí de nuevo todo ese dolor. Paré en la boulangerie donde solíamos comprar el pan y los pasteles, y me la encontré tal cual la recordaba: los mismos aromas, la misma variedad de panes recién sacados del horno... Pero no era la misma. Es cierto eso de que no se puede volver atrás.
¡Cuánto jugábamos de pequeños! Algunas mañanas, mi padre nos llamaba desde su cama para ver si ya estábamos despiertos. Si lo estábamos, nos decía «Parlons de lit à lit», ‘¡Hablemos de una cama a otra!’ y nos poníamos a hablar hasta acabar todos en su cama. Mientras tanto yo, pensando en paisajes soleados, siempre esperaba que nos contase alguna historia sobre l’Italie, pero él me corregía y me decía que se trataba de conversaciones «lit à lit», no de Italia.
También jugaba con mis muñecas. Una de mis favoritas tenía un carrito que llené de almohadas y mantas. Un día, mientras jugaba con esta muñeca, me di cuenta de que mi madre se había marchado a comprar y me había dejado en casa con mi abuela, que no hacía más que maldecirme hasta que me echaba a llorar por la angustia de pensar que mi madre nunca volvería. Todavía recuerdo el miedo y el dolor que me provocaba pensar que nunca más volvería a verla.
El odio de mi abuela hacia mí era incomprensible. Me maldecía a menudo, pero mi madre nunca se atrevió a defenderme y mi padre, por su parte, no se atrevía a hacerle frente porque se ofendería. Por ejemplo, mi abuela era muy habilidosa con las manos, así que se dedicaba todo el tiempo a la costura. Una vez, cuando le pedí que me enseñara a hacer el talón de unas medias me respondió:
—¡Aprende tú sola igual que hice yo!
—¡Pero tú eres una magnífica mujer de tu casa!— que era el cumplido estrella de la época y yo, inocente de mí, creí que la aplacaría.
—¡Ojalá no veas el día de ser una mujer de tu casa!
Salí corriendo a contárselo a mi madre y, alucinada, me dijo que le preguntase a mi padre qué quería decir todo aquello. Mi padre me preguntó de dónde había sacado esas palabras y, cuando le dije que me las había dicho Memé, palideció pero no hizo nada. Ella sabía que nadie se le ponía por delante.
Otra vez me dijo que ojalá me hubiera muerto en la cuna. No me extraña que me diese pánico que mi madre me abandonara y me dejase con esa arpía.
Por aquella misma época, cuando ya tenía unos diez u once años, en el colegio repartieron zapatos y zuecos para los niños necesitados. El encargado del programa era el director del colegio de niños. Cuando me acerqué allí para que me dieran mis zuecos, el director me tocó de formas muy poco apropiadas y yo, sintiéndome totalmente avergonzada, no le dije nada a nadie. Después, en la tienda de al lado donde mi madre solía mandarnos a comprar, me ocurrió lo mismo con el dependiente a plena luz del día. Esta vez sí que se lo conté a mi madre y, tanto ella como mi padre, fueron a pedirle explicaciones al hombre que, por supuesto, lo negó todo. Más tarde, cuando me hospitalizaron en el Granges Blanches, uno de los muchachos de prácticas volvió a tocarme como no debía mientras me examinaba. Volví a decírselo a mis padres, que montaron gran revuelo, pero, de nuevo, el chico lo negó todo. Años después, en Italia, un cura me abrazó en su despacho y metió las manos por dentro de mi camisa. Lo denuncié ante el obispo y —¡que raro!— el curo lo negó.
En aquellos días, la voz de una mujer no tenía el peso que tiene hoy, y eso que todavía nos queda mucho camino por recorrer.
A lo largo de mi vida, todos estos hombres que se me echaban encima se han aprovechado de su posición, de sus logros o de su modales y lo único que yo podía hacer si no toleraba sus maneras de tratarme, era marcharme. Desafortunadamente, siempre trabajé para el director ejecutivo o para el socio preferente de una empresa, así que no había ningún superior a quien yo pudiera dirigir mis quejas, y ellos sacaban un gran partido de esa situación. Además, la única vez que me quejé, hablé con la oficina de empleo y nos llamaron a mí y a mi jefe para una audiencia. Como yo acababa de llegar a los Estados Unidos y todavía no tenía mucha fluidez hablando en inglés, la oficina de empleo me penalizó por ‘haber mentido’.
Estoy segura de que las formas que tenían antes para solventar las cosas sorprendería a más de uno en esta época. Pegar a los niños era lo más normal del mundo y, por lo general, nadie se moría. Pero ahora no me refiero a ese tipo de abusos, ahora me refiero a aprovecharse de aquellos que no pueden defenderse a sí mismos por el motivo que sea: bien por su edad, por su sexo, por su cultura o por su fuerza física.
Desde luego, el abuso de los fuertes sobre los débiles siempre ha existido, pero esta es la primera vez que las mujeres y los niños empiezan a hacerse oír y que los medios de comunicación están acogiendo con mayor sensibilidad estas historias tan desagradables.
El abuso se ha representado de muchas maneras a lo largo de los años y las culturas, desde la lapidación o clavar estacas a alguien en las muñecas y los tobillos por presuntas blasfemias, hasta marcar y descuartizar por alta traición o llegar incluso a incinerar personas. Tales atrocidades se merecen su propia necrología, sus oraciones y que se prohíba absolutamente su repetición. Por terribles que fuesen esas carnicerías, todo sufrimiento que se le cause a cualquier criatura indefensa debería reprenderse y despreciarse.
Cuando tenía unos nueve o diez años, me quitaron las anginas y las vegetaciones, una operación que solía realizarse sin anestesia en aquel entonces. No me cabe en la cabeza cómo los adultos podían hacer pasar a los niños por una situación así, solo por el hecho de ser niños indefensos, ya fuese por su edad o porque se les ataba con cintas. ¿Es que esos adultos ya no se acuerdan de lo que era la infancia? ¿O es que suponen que la operación es tan rápida como cuando quitas una tirita de un tirón y que el niño se va a olvidar a los cinco segundos? Aquí estoy, escribiendo sobre el tema muchos años después, traumatizada por el dolor que me produjo esta experiencia.
Me envolvieron en una sábana del tamaño de mi cuerpo, como una salchicha, mientras la enfermera me sujetaba sobre sus rodillas con la cabeza hacia atrás para que el cirujano tuviese mejor acceso a mi boca. Daba igual lo que yo gritase, de hecho, eso les venía bien para mantenerme la boca abierta y poder trabajar mientras me embargaba un tremendo y ardiente dolor. No sé cómo conseguía respirar entre la sangre, los dedos del cirujano por toda mi boca, las arcadas y la enfermera tirándome de la cabeza hacia atrás. Créedme, no se parecía en nada a cuando te quitan una tirita.
Mi hija tuvo que pasar por lo mismo, pero por suerte a ella le dieron éter. Sin embargo, cuando la oigo contar la historia, también fue una experiencia devastadora en la que se sentía oprimida contra la enfermera, obligada a mantener la cabeza hacia atrás y sin poder defenderse. Todavía se acuerda de aquel día traumatizada por la operación que, para muchísimos adultos ‘requetesabios’, no es más que un momentín un poco desagradble.
En otra ocasión, estando de camping con unos amigos, comimos tantas ciruelas con pipo que me dio un ataque de apendicitis. Nuestro cirujano habitual no estaba, así que me operó un cirujano viejo que me hizo una chapuza tremenda. Al día siguiente, tuvo que volver a abrirme la herida para limpiarme una infección que me llegaba al estómago y, esta vez, lo hizo sin anestesia. Creo que todavía se oyen los gritos por toda la ciudad de Nueva York.
Cuando nos hicimos más mayores, René se unió a los Boy Scouts y a mí me dejaron inscribirme a las Girl Scouts.

Capítulo 2
Alemania Invade Francia
Tenía tan solo doce años y vivía con mi familia en Bourg-les-Valences cuando empezó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Solía oír a los mayores hablar de Neville Chamberlain, el Primer Ministro británico, que había viajado a Alemania para convencer a Hitler de abandonar su fanatismo y sus políticas de anexión, puesto que ya había ampliado sus territorios añadiendo toda Austria y una región checoeslovaca conocida entonces como Sudetenland. Desde el momento que Hitler llegó al poder, todo el mundo veía que se avecinaba una guerra; y así comenzó el 1 de septiembre de 1939 cuando Hitler ocupó Danzig (ahora conocida como Gdansk, en Polonia). Varias reuniones y conferencias internacionales se habían celebrado con anterioridad para tratar de evitar esa catástrofe, y en todas ellas Neville Chamberlain proclamaba: «Paz a través del diálogo», frase con la que parecía que el mundo entero, incluido Hitler, se quedaban más tranquilos.
Antes de que estallase la guerra, en Francia cantábamos muchas canciones patrióticas retando a Hitler a acercarse a la línea Maginot, una línea de defensa construida por toda la frontera entre Francia y Alemania, que solo dejaba libre y desprotegida la frontera belga, por donde más tarde los alemanes entraron en el país. En tan solo diez meses, las tropas alemanas habían derrotado, aplastado e invadido a los franceses dejando atrás la línea Maginot.
Así pues, toda paz acordada hasta entonces entre Francia y Alemania no duró más que unos meses ya que, en 1940, el ejército francés declaró que los alemanes habían ocupado Francia. Los medios de comunicación, totalmente nacionalistas, seguían cantando canciones populares y retando a Hitler para que trajese el resto de sus tropas hacia los búnkeres fortificados de la línea Maginot pero, por supuesto, Hitler prefirió que su ejército atravesara las fronteras por tierras belgas, que no estaban vigiladas ni protegidas, y así, abrirse camino hasta París.
Un día, vino a casa el mejor amigo de René. Traía el rostro descompuesto y nos contó que el mariscal Pétain había pedido un armisticio y que Francia había perdido la guerra. Nos dijo que el gobierno francés había huido de París y que ahora se refugiaba en Vichy (situada en el centro de Francia), así que los alemanes habían invadido el país. El gobierno lo dirigían el antiguo mariscal Pétain y el primer ministro Pierre Laval. El pueblo francés los consideraba unos traidores por permitir sin la menor oposición que los invasores alemanes tomasen sus tierras e impusieran todo tipo de restricciones sobre ellas. A la huida del régimen se sumó la de dos academias militares, la de San Siro y el Pritaneo Militar, que también abandonaron la zona ocupada y se instalaron en barracones militares que habían despejado los soldados enviados al frente. Los alemanes habían requisado todos los alimentos disponibles, así que los carniceros tuvieron que empezar a vender carne de caballo que, por cierto, a mí me parecía un manjar.
Lo primero que hicieron los alemanes fue obligar a todos los judíos de la zona ocupada a identificarse con una estrella de David amarilla en su ropa. Además, les impusieron un toque de queda y, aunque yo no vivía en la zona ocupada, oímos que algunos franceses estaban ayudando a los alemanes a arrestar judíos durante la noche. Nunca se volvió a saber nada de toda esa pobre gente.
También nos enteramos, gracias a algunos que tuvieron la suerte de cruzar la línea de demarcación, de que los alemanes habían arrestado a miles de judíos parisinos, entre los que había muchos niños, los habían encerrado en el Velódromo de Invierno de París y se habían ‘olvidado’ de ellos. A los que sobrevivieron al frío y a la intemperie, se los llevaron a Auschwitz.
Vivíamos sumidos en el miedo. Los aviones aliados nos bombardearon para acabar con los dos barracones militares del barrio y temíamos que, en cualquier momento, nos despertasen en mitad de la noche para deportarnos, traicionados por nuestros propios compatriotas.
Teníamos mucha hambre y solo nos daban una ración de doscientos gramos de pan al día que, por supuesto, venía sin mantequilla, ni harina, ni huevos, ni azúcar, ni chocolate. Al principio solo se podía comprar carne de caballo, pero pronto se terminó porque se la quedaban las tropas invasoras.
Unas de las primeras órdenes que impusieron los alemanes fue prohibir todo tipo de canciones patrióticas y toda expresión de nacionalismo, entre ellas, los desfiles militares de la ciudad. Cuando llegó el 14 de julio, Día de la Bastilla, todos estábamos impacientes por ver cómo se celebraría nuestro día de la Independencia y si veríamos a los cadetes o qué pasaría con la prohibición alemana.
Resulta que, el 14 de julio de 1940, todos los cadetes de las academias militares de San Siro y el Pritaneo, luciendo sus mejores uniformes y mostrando todo su desprecio, desfilaron por el boulevard de la ciudad donde se situaba la sede de la Comandancia alemana. Claro está, tampoco dudaron en cantar cosas como:
Vous avez eu l’Alsace et la Lorraine
Mais malgré tout, nous resterons Français
Vous avez eu l’Alsace et la Lorraine
Mais notre cœur, vous ne l’aurez jamais.

‘Tenéis Alsacia y Lorena
Pero franceses somos y seremos
Tenéis Alsacia y Lorena
Pero nuestro corazón no entregaremos’.

Para sorpresa de todos, el único castigo que se les impuso fue que no salieran de los barracones durante un mes. Estábamos todos contentísimos porque las consecuencias podían haber sido fatales.
De todos los que consiguieron cruzar la línea de demarcación, se me viene a la cabeza un hombre judío húngaro, el Sr. Spitzer, que antes vivía en París y ahora trataba de sobrevivir en la zona no ocupada. Trabajaba de plongeur, (‘lavaplatos’) en un restaurante y solía venir a casa para sentirse más acompañado. Un día, nos dijo en su francés macarrónico que cuando estaba llegando a casa del trabajo había visto cómo se llevaban a su mujer y a sus hijos en un camión alemán y sabía que no había manera de poder ayudarlos ni salvarlos. Me eché a llorar y recuerdo que mi padre le dijo: «Tu vois, tu as fait pleurer ma fille» ‘¿Ves? Ya has hecho llorar a mi hija’. Su historia solo es una de tantas que ocurrieron aquella época. Todos temíamos por nuestras vidas, todos teníamos miedo de que nos deportaran, y de muchas otras cosas peores.

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